lunes, 23 de noviembre de 2009

Ese abrigo de pieles

Un día decidí mutilarme frente al espejo del baño.

Desnuda quedé, descalza, desabrigada. Había empezado a sentirme demasiado cómoda en ese abrigo de pieles. Pieles que recolecté de hombres y sus halagos infladores de ego. A fin de cuentas resultó que esos no duran, los halagos. Los hombres tampoco.

Me miré, plácida y aburrida, bella y vacía. Zas, uno. Zas, zas, dos. Chop, tres. Un poco por aquí y otro poco por allá. Ya está. Desabrigada, desbalanceada, ¿deshecha?

Me odié.


Caminando sobre el filo del cuchillo se conoce realmente a ese odioso personaje al que llaman Ego. Ego es pequeño, pero es tan vanidoso como Narciso, y no se interesa en mirar a nadie más que a sí mismo.

Lo conocí ese día. Lo odio. Él me odia también, pero nos hacemos compañía. Ego pensó podernos mantener calientes sin el abrigo, pero había días en que las temperaturas bajaban mucho, y la lluvia se precipitaba intensamente y durante largas horas.

Al final lo logramos. Qué digo, ¿cuál final? Seguimos manteniéndonos en equilibrio sobre este cuchillo punzante, sobre esta lámina filosa que me ha cortado los pies miles de veces, tantas veces que tengo callos, que cada día se hacen más resistentes y se me hace más fácil avanzar. Más hacia la punta, más hacia el extremo, más hacia otra superficie, donde podré seguir recuperándome de esta mutilación.


Porque, a fin de cuentas, me mutilé para aprender a recuperarme. Y lo hice. Y lo hago.

2 comentarios:

Laila dijo...

Las pieles tienen ese poder de mezclarse y contagiar, sabores dulces, aromas bellos, y toxinas que pudren llegando a los huesos, a los organos, a los sesos.
Las pieles son traición encarnada pero abrigo tibio que despedaza.
Malditas pieles necesarias.

Campiotti dijo...

Malditas pieles, sí.